"mientras algunos llegan, otros se van"
-pensé en invierno-
-pensé en invierno-
Ese dia de colegio, a las 9:10 am sentada junto a la Javiera, con sus ojos reventados en sangre luego de haber llorado por más de 40 minutos, después de leer ese test que hicimos en el baño.
Recuerdo vívidamente esa vuelta a la sala cuando tocaba el recreo. Voy hacia mi puesto y leo en mi celular: 47 llamadas perdidas. ¿De quién? mi hermana. El estómago se me aprieta. Cuando levanto la cabeza veo a mi tia abuela parada bajo el marco de la puerta de entrada. Su cara me lo confirma todo.
Me puse nerviosa, recuerdo que comencé de inmediato a guardar en la mochila todas mis cosas que estaban repartidas en mi puesto. Lo intenté pero no lo logré. La Fernanda y la Javiera, que estaban sin entender nada, me ayudaron. Cuando me iba yendo las miré y les dije -mi abuelo-. No quize mirar la expresión que pusieron, asi que partí.
Lo primero que pensé cuando iba en el auto de la amiga de mi tia, fue en mi mamá. Supuse que ya sabía. La imaginé con un ataque de histeria, llorando descontroladamente; teníamos que pasar a buscarla. Cuando llegamos, la miro y me sorprendo, era otra persona. Cierra la reja de la casa y con una actitud calma se sube al auto.
Tengo pocas imágenes del hospital, recuerdo que todavía no tenían listo el cuerpo o algo así -trámites-. Nunca he sido muy buena para la burocracia, ni menos para lidiar con la gente en momentos complicados, asi que salí a dar una vuelta por el patio del hospital. Llovía, lo recuerdo bien porque mis lágrimas se confundieron con la lluvia cuando al fin, sentada en esa cuneta -en el lugar más solitario que encontré-, pude llorar por primera vez la muerte de mi abuelo.
Cuarenta o cincuenta minutos pasaron cuando pude al fin tranquilizarme e ir de vuelta donde estaba mi familia. Sólo estaba mi mamá rellenando los últimos papeleos. La miro y me dice que lo podemos ver pero que ya no está ahí, que hay que ir a otra parte. La mitad de lo que intentó explicarme no lo escuché. Yo como un fantasma deambulaba a su lado preguntándome si es que de verdad iba a poder ver su cuerpo sin vida.
Llegamos al lugar, parecía una bodega. Ahí recién entendí. Hospital público: necesitaban camas y no esperaron a que llegaran los familiares, a la morgue lo mandaron. Entro a una especie de recepción con un olor que nunca había sentido antes. Me indican la derecha, traspaso una puerta que parecía de matadero y al fondo, en una especie de cajones metálicos enormes, el torso desnudo de mi abuelo. Mi tia llorando sutilmente mientras acariciaba la cabeza amarillenta del cuerpo que fue mi abuelo. Mi hermano lloraba como sólo lo había visto una vez mientras la abrazaba con fuerza. La escena me estremece, no atino a hacer nada. En eso entran unos tipos vestidos de celeste y nos dicen que salgamos que lo van a preparar para que lo vistan. La sensación de apego que sentí por parte de mi tia fue impresionante. Apenas vio a los tipos entrar afirmó con fuerza la cabeza de mi abuelo como si se la fueran a quitar. Yo me di media vuelta y salí, mi abuelo ya no estaba ahí.
Luego de un rato, hacen entrar a mi mamá y a mi tía con la ropa de mi abuelo. Yo me acerco lentamente a la puerta que estaba entreabierta y me afirmo en una mesa que estaba afuera. Lo único que alcanzo a ver son los pies del cuerpo de mi abuelo encima de una bandeja de metal. Me sorprendo porque sus pies no estaban mirando hacia arriba como siempre sino que estaban completamente hacia los costados, aplanados. Nunca antes había visto la posición de un cuerpo sin vida... y era del cuerpo del Nano.
Las imágenes que llegaron a mi cabeza junto al olor que expelía esa sala me empezaron a desesperar, cuando ya no pude más, salí corriendo de ese lugar hacia el patio de la morgue, mi cuerpo tiritaba y el llanto salió como una explosión. La reja estaba cerrada, no pude seguir corriendo, mis ojos se nublaron cuando siento por mi espalda que mi hermano llega a mi lado y me abraza fuertemente. Nos apretamos como si nos quisieramos reventar, yo sólo le preguntaba ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué? y mi hermano sólo balbuceaba palabras. Ahí en las afueras de la morgue, bajo la lluvia tuve la contención que necesitaba. Nos abrazamos por minutos aunque para mí el tiempo se había detenido hacía horas.
Recuerdo la útima vez que estuve con él cuando estaba vivo -despierto, no en coma- e impregnado a mi cerebro están esos ojos antes de la operación.
Maldita esperanza
Maldita esperanza
Maldita esperanza
No puedo, no puedo, no podría -y en realidad no quiero-
sacarme esa brillosa mirada de la cabeza
Maldita esperanza
que se joda la esperanza! digo cuando recuerdo sus ansias de estar mejor, antes de esa operación que lo mató.
Recuerdo vívidamente esa vuelta a la sala cuando tocaba el recreo. Voy hacia mi puesto y leo en mi celular: 47 llamadas perdidas. ¿De quién? mi hermana. El estómago se me aprieta. Cuando levanto la cabeza veo a mi tia abuela parada bajo el marco de la puerta de entrada. Su cara me lo confirma todo.
Me puse nerviosa, recuerdo que comencé de inmediato a guardar en la mochila todas mis cosas que estaban repartidas en mi puesto. Lo intenté pero no lo logré. La Fernanda y la Javiera, que estaban sin entender nada, me ayudaron. Cuando me iba yendo las miré y les dije -mi abuelo-. No quize mirar la expresión que pusieron, asi que partí.
Lo primero que pensé cuando iba en el auto de la amiga de mi tia, fue en mi mamá. Supuse que ya sabía. La imaginé con un ataque de histeria, llorando descontroladamente; teníamos que pasar a buscarla. Cuando llegamos, la miro y me sorprendo, era otra persona. Cierra la reja de la casa y con una actitud calma se sube al auto.
Tengo pocas imágenes del hospital, recuerdo que todavía no tenían listo el cuerpo o algo así -trámites-. Nunca he sido muy buena para la burocracia, ni menos para lidiar con la gente en momentos complicados, asi que salí a dar una vuelta por el patio del hospital. Llovía, lo recuerdo bien porque mis lágrimas se confundieron con la lluvia cuando al fin, sentada en esa cuneta -en el lugar más solitario que encontré-, pude llorar por primera vez la muerte de mi abuelo.
Cuarenta o cincuenta minutos pasaron cuando pude al fin tranquilizarme e ir de vuelta donde estaba mi familia. Sólo estaba mi mamá rellenando los últimos papeleos. La miro y me dice que lo podemos ver pero que ya no está ahí, que hay que ir a otra parte. La mitad de lo que intentó explicarme no lo escuché. Yo como un fantasma deambulaba a su lado preguntándome si es que de verdad iba a poder ver su cuerpo sin vida.
Llegamos al lugar, parecía una bodega. Ahí recién entendí. Hospital público: necesitaban camas y no esperaron a que llegaran los familiares, a la morgue lo mandaron. Entro a una especie de recepción con un olor que nunca había sentido antes. Me indican la derecha, traspaso una puerta que parecía de matadero y al fondo, en una especie de cajones metálicos enormes, el torso desnudo de mi abuelo. Mi tia llorando sutilmente mientras acariciaba la cabeza amarillenta del cuerpo que fue mi abuelo. Mi hermano lloraba como sólo lo había visto una vez mientras la abrazaba con fuerza. La escena me estremece, no atino a hacer nada. En eso entran unos tipos vestidos de celeste y nos dicen que salgamos que lo van a preparar para que lo vistan. La sensación de apego que sentí por parte de mi tia fue impresionante. Apenas vio a los tipos entrar afirmó con fuerza la cabeza de mi abuelo como si se la fueran a quitar. Yo me di media vuelta y salí, mi abuelo ya no estaba ahí.
Luego de un rato, hacen entrar a mi mamá y a mi tía con la ropa de mi abuelo. Yo me acerco lentamente a la puerta que estaba entreabierta y me afirmo en una mesa que estaba afuera. Lo único que alcanzo a ver son los pies del cuerpo de mi abuelo encima de una bandeja de metal. Me sorprendo porque sus pies no estaban mirando hacia arriba como siempre sino que estaban completamente hacia los costados, aplanados. Nunca antes había visto la posición de un cuerpo sin vida... y era del cuerpo del Nano.
Las imágenes que llegaron a mi cabeza junto al olor que expelía esa sala me empezaron a desesperar, cuando ya no pude más, salí corriendo de ese lugar hacia el patio de la morgue, mi cuerpo tiritaba y el llanto salió como una explosión. La reja estaba cerrada, no pude seguir corriendo, mis ojos se nublaron cuando siento por mi espalda que mi hermano llega a mi lado y me abraza fuertemente. Nos apretamos como si nos quisieramos reventar, yo sólo le preguntaba ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué? y mi hermano sólo balbuceaba palabras. Ahí en las afueras de la morgue, bajo la lluvia tuve la contención que necesitaba. Nos abrazamos por minutos aunque para mí el tiempo se había detenido hacía horas.
Recuerdo la útima vez que estuve con él cuando estaba vivo -despierto, no en coma- e impregnado a mi cerebro están esos ojos antes de la operación.
Maldita esperanza
Maldita esperanza
Maldita esperanza
No puedo, no puedo, no podría -y en realidad no quiero-
sacarme esa brillosa mirada de la cabeza
Maldita esperanza
que se joda la esperanza! digo cuando recuerdo sus ansias de estar mejor, antes de esa operación que lo mató.
Ahora entiendo
-luego de casi 5 o 6 años-
-luego de casi 5 o 6 años-
que ese dia,
un pedazo de mí
se murió.
un pedazo de mí
se murió.
